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Alimentarnos es un acto que por lo general realizamos varias veces por día, y nuestras elecciones en este campo tienen más consecuencias que lo que la mayoría de la gente piensa. No sólo por lo que pasa después de ingerir los alimentos (principalmente en nuestro organismo, pero también con los residuos de envases, por ejemplo), sino por lo que pasó para que llegaran a nuestro plato. Si en general nuestras decisiones como consumidores pueden ayudar a hacer nuestra sociedad más justa y sostenible (o por el contrario contribuir al mantenimiento de la injusticia, el expolio y la inconsciencia), en el campo de la alimentación las consecuencias se encuentran tal vez entre las más profundas y al mismo tiempo menos divulgadas.
Es relativamente fácil entender que una persona puede consumir en ropa, viajes o muebles varias veces lo que necesita, o que la crueldad con los animales a la que se contribuye comprando un abrigo de pieles o asistiendo a una corrida de toros es gratuita. Pero todos necesitamos comer, y aunque parte de la población de los países ricos come realmente más de lo que necesita (otra parte se pasa la vida haciendo dietas), no se trata principalmente de una cuestión de cantidad. Creo que es difícil consumir regularmente 5 veces más alimento del que necesitamos (medido en calorías, por ejemplo), pero fácilmente consumimos 5 veces más recursos naturales de los necesarios dependiendo no de cuánto comemos, sino de qué. Esto está relacionado, por supuesto, con la distancia que han recorrido los alimentos, cómo están envasados, la forma de conservarlos y si son o no de agricultura ecológica. Pero probablemente el factor más decisivo es la proporción de alimentos de origen animal (carne, pescado, lácteos y huevos) que nuestra dieta incluye.
El motivo de esto es que son las plantas las que producen materia orgánica a partir de la inorgánica, almacenando la energía solar como energía química en sus hidratos de carbono, proteínas y grasas. Típicamente un animal sólo almacena, disponible para sus posibles depredadores, un 10% de la energía que ha obtenido de su alimento (este principio lo ilustran las pirámides tróficas de biomasa y productividad). El resto de la energía la consume para mantener sus actividades vitales, y se acaba disipando en forma de calor. Por ello, para obtener una determinada cantidad de energía a partir de alimentos animales consumimos varias veces los recursos de todo tipo (tierra, agua, energía, capacidad de absorción de residuos) que necesitaríamos para obtener las mismas calorías (y con un mejor equilibrio entre los distintos nutrientes) alimentándonos directamente de plantas.
En las últimas décadas ha habido un importante aumento de la proporción de carne y otros alimentos de origen animal en la dieta de los países ricos. Sus precios se han reducido en relación con el poder adquisitivo de los consumidores a costa de, entre otros factores:
Entre las causas del crecimiento espectacular de su demanda podemos citar, junto con el mencionado abaratamiento:
El consiguiente aumento de la demanda de tierra para pastos y cultivos de plantas forrajeras ha sido sin duda un factor importante de la destrucción de bosques en todo el mundo y del hambre en los países pobres, muy probablemente con más peso que el propio aumento de la población mundial. Además, esta situación lleva camino de agravarse: en términos de sostenibilidad hay que tener en cuenta qué pasaría si toda la humanidad siguiera este modelo que los países ricos estamos dando. Ya está aumentando el consumo de carne y otros productos animales en los países "emergentes", lo cual es probablemente un factor importante de la fuerte tendencia actual al encarecimiento de los alimentos a nivel mundial, juntamente con el impulso que se está dando a los biocombustibles. Malgastar recursos preciosos como la tierra fértil y el agua para destinar los productos al ganado y las máquinas en vez de a las personas tiene y tendrá consecuencias devastadoras para los más desfavorecidos y para el medio ambiente.
En vista de lo anterior, parece lógico pensar que convendría consumir alimentos animales sólo en la proporción necesaria para que nuestra dieta sea equilibrada y mantenernos sanos, pero ¿qué proporción es esta?
La respuesta, por más que nos sorprenda después de haber oído y repetido nosotros mismos cientos de veces que “hay que comer de todo”, es CERO. Los seres humanos no necesitamos consumir alimentos de origen animal, y así lo reconoce la Asociación Dietética Americana. No hay ningún nutriente reconocido como esencial para el ser humano que no pueda obtenerse de fuentes vegetales. De hecho, hay fuertes indicios de que cuanto menos alimentos animales consumamos, mejor para nuestra salud. Incluso hay atletas, entre ellos primeras figuras del deporte mundial, cuya principal motivación para adoptar diferentes dietas vegetarianas ha sido conseguir un rendimiento óptimo y una mayor duración de su carrera profesional.
Las personas que consumen menos alimentos de origen animal suelen gozar de mejor salud. Así lo muestran numerosos estudios estadísticos, y está de acuerdo con los conocimientos más avanzados en materia de nutrición. Los alimentos de origen animal carecen de fibra, son muy pobres en hidratos de carbono y excesivamente ricos en proteínas y grasas para las necesidades humanas. Sustituir en parte una dieta vegetal variada por alimentos de origen animal no necesariamente la hace más completa y equilibrada, sino que por el contrario lo más probable es que la empobrezca en vitaminas, minerales y fibra, y la proporción extra de proteínas y grasas que se aporta es innecesaria y probablemente perjudicial para la salud.
En cuanto a si es ético o no matar animales y mantenerlos en una vida indigna y antinatural para alimentarnos, cada persona llegará a su propia conclusión. Pero creo que para hacer este juicio con fundamento es importante que antes esté informada de que no se trata en modo alguno de una necesidad, y de cómo son la vida y la muerte de la inmensa mayoría de los animales destinados a producir alimentos para el consumo humano, realidad cuidadosamente oculta y enmascarada por las imágenes idílicas que aparecen en la publicidad de estos alimentos. Una parte significativa de la población se indigna si sabe que alguien ha maltratado a un perro o a un gato, pero tal vez la mayoría de ellos nunca se ha planteado qué pasa con los cerdos, las vacas o las gallinas, y si lo han hecho rápidamente lo han apartado de su mente, con la idea de que "es para comer", es decir, para "satisfacer una necesidad". Pero tal vez algunos verían las cosas de otro modo si se dieran cuenta de que no sólo el ser humano no necesita comer carne, pescado, huevos ni leche, sino que de hecho producirlos reduce la disponibilidad de alimento para la humanidad y contribuye significativamente a la degradación de los ecosistemas terrestres y marinos.
En este artículo haré una exposición de los principales argumentos con los que se defienden las dietas vegetarianas, así como de varios modelos de alimentación no convencionales (no todos ellos vegetarianos), terminando cada apartado con mi opinión. Personalmente sigo una alimentación vegetariana pura (vegana) desde 1995. No soy pues neutral, pero creo que nadie lo es, pues toda persona tiene sus creencias y hábitos y estos influyen inevitablemente en todo aquello que dice y hace, en mayor medida cuanto menos consciente sea de ello o más pretenda ocultarlo.
Intento de todas formas ser honesto y veraz, a sabiendas de que no hay una sola verdad incuestionable, y no esconder datos y argumentos que no apoyen mis opciones. En medio de un mar de información contradictoria hemos de refinar nuestros criterios para seleccionar aquello que nos parece contener más verdad, pero inevitablemente nuestras decisiones implican un cierto grado de apuesta y verificación personal. Al compartir algunas informaciones poco divulgadas, mis reflexiones sobre ellas y mis experiencias, pretendo sólo que el lector tome sus propias conclusiones y decisiones desde una conciencia más amplia de lo que implican y de la existencia de diversas opciones alternativas.